20 abril 2021

La rama seca del cerezo Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil 2021

la rama seca del cerezo

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En Hiroshima, en el año 1945, Ichiro y Masuji juegan en las calles de la ciudad momentos antes de caer la bomba atómica.

En la Hiroshima actual, Sakura, una adolescente con una deformidad en la mano, sobrevive a las burlas de sus compañeros de clase y a la incomunicación familiar, piensa que su madre no la quiere y a su padre, absorbido por el trabajo, apenas lo ve. Aiko, una amiga virtual, vive en otra ciudad y no es fácil que lleguen a conocerse. Su verdadero deseo es convertirse en dibujante de manga, aunque sabe que eso nunca sucederá.

Pero la vida de Sakura da un giro cuando se cruza con el pequeño Tetsuo y con un anciano superviviente del bombardeo de Hiroshima que guarda un gran secreto.

El jurado del XVIII Premio Anaya destacó de la novela su cercanía a los gustos y preocupaciones del lector adolescente, su estilo literario y la fuerza con la que da comienzo la historia. Pero la novela va más allá, y es que a veces las cosas no son lo que parecen, y cuando uno es capaz de no pensar solo en uno mismo empieza a entender la actitud o el comportamiento de los demás. Habla también de la esclavitud de la culpa y del sentimiento liberador cuando uno se aleja de ella. De lograr perdonar y perdonarse para seguir adelante y de no rendirse a la hora de perseguir los propios sueños… ¡Y sin olvidarnos de las redes sociales! Una novela con todos los ingredientes para llegar a los jóvenes lectores.

«Vivir. Tal vez no resulte tan difícil. Tal vez solo haya que mirar hacia delante. Quizás se trate de ir llenando poco a poco los segundos, cargándolos de pequeños actos. Respirar, caminar, leer, comer, contemplar el cielo plano del invierno. ¡Y dibujar! Esperar en calma que todo vaya transcurriendo, sin cargarse las espaldas con demasiado peso».

El autor

Rafael Salmerón nació en Madrid en 1972. Estudió Ciencias de la Educación e Ilustración y Diseño Gráfico. Comenzó su andadura en el mundo de la literatura infantil y juvenil como ilustrador, allá por el año 1994. Pero, desde el año 2001, dedica la mayor parte de su tiempo a escribir sus propias historias. Historias emocionantes, duras, divertidas, tristes, alegres. Historias de aventura, de amor, de guerra, de conflicto, de amistad, de denuncia y, sobre todo, de esperanza. Historias de vida, al fin y al cabo. Unas historias que quiere compartir con los lectores a través de las páginas de los libros que tanto disfruta escribiendo e ilustrando. Ha ganado el Premio Lazarillo de Creación Literaria en 2017 y ha sido incluido en la Lista de Honor del IBBY en 2020. Además de numerosas obras publicadas en varias editoriales españolas, en Anaya ha ilustrado algunos títulos de la colección El Duende Verde: No soy una lagartijaSí, soy una lagartijaEscapar de un cuentoKrak y Croc y Krak y Croc y el mamut.

Lee las primeras páginas | Dosier de prensa.

Entrevista a Rafael Salmerón

¿Podrías hacernos una sinopsis del libro en tres líneas?
Sakura ha decidido terminar con todo. Pero el destino hace que su camino se cruce con los de Tetsuo y el señor Utada. Ese encuentro hará que todo cambie. Para cada uno de ellos. Para siempre.

Cuando te pusiste a escribir, ¿qué es lo que tenías claro de la historia?
Cuando comencé a escribir La rama seca del cerezo, mi objetivo era, a través de tres personajes que, en principio, no tienen nada en común, mostrar como nuestras vidas, nuestras decisiones y nuestros actos, aún los más insignificantes, influyen en las vidas de los otros. Mostrar que, en un mundo en constante cambio, cada vez más complejo y más frío, todos estamos conectados. Que no estamos solos.

¿Qué es lo que más te ha costado desarrollar y lo que menos?
Curiosamente, lo que más me ha costado y lo que menos me ha costado hacer a la hora de escribir esta historia son la misma cosa: tratar de adaptar mi forma de escribir, occidental y mediterránea, a una cultura tan sutil y contenida como la japonesa. En principio, tener que poner freno a determinados impulsos narrativos, tener que poner el foco en aspectos aparentemente irrelevantes, en los pequeños detalles adyacentes a la trama principal, me ha resultado una tarea difícil. Sin embargo, una vez que he comenzado a dejarme llevar por esa nueva manera de escribir, me ha resultado muy natural y fluido ir contando la historia, sin grandilocuencias y sin estridencias. Dejando que los pequeños actos, que los silencios y los detalles hicieran el trabajo.

¿Por qué te has ido hasta Japón para contar esta historia?
He ambientado esta historia en Japón por la fascinación que siento por la cultura y las costumbres de aquel país. Una fascinación que tiene que ver con la dificultad para entender, para desvelar y descifrar su verdadera idiosincrasia. De este modo, el hecho de escribir esta historia se convirtió en un intento de sumergirme en un mundo que, a los que no somos de allí, nos resulta difícil llegar a comprender del todo.

¿Te sientes identificado con alguno de tus personajes?
Como escritor, siempre pongo algo de mí mismo en cada uno de los personajes de una novela. En ocasiones, ha habido alguno de esos personajes en el que he reflejado mucho de lo que soy o de lo que fui; sin embargo, en La rama seca del cerezo, este reflejo es más difuso. O está más dividido. Podría decirse que he prestado partes de mi alma a Sakura, a Tetsuo y al señor Utada.

En esta novela no solo se habla de la amistad y de la aceptación de uno mismo, sino que va más allá: la culpabilidad y el placer que supone libarte de ella, aprender a perdonar y a perdonarse, la existencia de unos padres perdidos ante lo que ellos ven como diferente…
El tema principal de esta historia es, efectivamente, no ya solo la aceptación de uno mismo, sino la capacidad para aprender a perdonarnos,  a estar en paz con quienes somos. Uno de los retos más importantes a los que nos enfrentamos como seres humanos es el hecho de mirarnos al espejo cada mañana y, a pesar de todos nuestros fallos y flaquezas, ser capaces de aprender a querer el reflejo que nos devuelve. Saber quiénes somos, entender que estamos muy lejos de ser perfectos, entender también que a todos, sin excepción, nos ocurre lo mismo y, por ello, ser capaces de ver realmente al otro, es el eje que vertebra esta novela.

El jurado destacó de la novela su cercanía a los gustos y preocupaciones del lector adolescente, su estilo literario y la fuerza con la que da comienzo la historia. ¿Por qué tienes esa cercanía con el mundo adolescente?
Si hay algo que me define, ya no solo como escritor, sino como persona, es el hecho de no renegar de mis experiencias, de no olvidar quién fui. Los adultos, sobre todo cuando nos convertimos en padres, tenemos una tendencia natural al revisionismo. Escondemos bajo la alfombra al niño y al adolescente que fuimos y, por ello, nos es muy difícil ser capaces de entender el comportamiento y la psicología del ser humano en crecimiento y evolución que tenemos delante. En mi caso, intento que ese niño capaz de ilusionarse por todo y que ese adolescente asustado e irresponsable, que creía que iba a comerse el mundo, viajen siempre conmigo. Quizás sea por eso por lo que el jurado ha considerado que mi novela está en sintonía con el mundo y las inquietudes de los adolescentes.

¿Te resulta más fácil escribir para ellos que para niños?
A la hora de escribir para niños hay que realizar un esfuerzo extra que, al menos en mi caso, no tengo que hacer a la hora de escribir para adolescentes o jóvenes. No se trata solo de adecuar los temas que puedan interesarles, hay que ser capaz de encontrar el ritmo, conectar con la frecuencia narrativa en la que el niño se siente cómodo, y también adaptar el lenguaje a los diferentes niveles y edades para los que se escribe. Hay que ser capaz de pintar con palabras un cuadro atractivo, ágil y emocionante.

¿Qué te gustaría que ellos sacasen de esta historia? ¿cómo te gustaría que la definieran?
En general, no me gusta demasiado intentar dirigir a los lectores en una u otra dirección. Simplemente busco contarles una historia, mostrarles unos personajes con los que, al menos por un momento, sean capaces de conectar. Para que, si es posible, les resulte más sencillo conectar con ellos mismos. Porque, al fin y al cabo, de eso trata la vida. De conectar los unos con los otros; pero también de encontrar el modo de conectar con quiénes realmente somos. De ver, de vernos y de que nos vean. De vernos los unos a los otros. De reconocernos como iguales. A pesar de todas nuestras particularidades. Y, si con esta novela, consigo, aunque tan solo sea por un instante, que los lectores se sientan más en paz y armonía con el lugar que ocupan en el mundo, no creo que se pueda pedir mucho más.

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